S O M O S  A S Í

 

 

 

 

 

 

S A B Í A S  Q U E . . .

Un bebé normal es un ser genéticamente programado para aprender. No hay necesidad de enseñarle a aprender: localiza rapidamente todo lo esencial, y sabe separar la "paja del grano". Años despues ese saber iniciático se ha perdido. Un adulto suele perderse en los meandros de lo novedoso, tiene métodos ineficaces que lo empantanan y, casi siempre, termina aprendiendo sólo con un gran esfuerzo y voluntad. ¡Un verdadero desastre!

¿Cómo se ha llegado a ese estado tan decandente? La escuela, el instituto y la universidad han tenido su parte importante en el proceso. Ignoro en que proporción, pero presumo que mucha, quizá más de lo que estamos dispuestos a aceptar. Basta con observar un "primitivo", un indio o un analfabeto para comprender que algo no funciona en el adulto normal de principios del siglo XXI: no escucha bien, no mira lo suficiente, no percibe las pautas repetitivas, siempre espera que otro adulto le saque las castañas del fuego en forma de respuestas adecuadas (si quiere aprender), y si no se limita a repetir "tópicos", frases hechas y pensamientos rancios.

 

Es un misterio que los seres humanos prefieran mantenerse en la rutina diaria en vez de desarrollarse hasta el momento de su muerte. Nuestra especie tiene un cerebro que, exceptuando graves enfermedades invalidantes (como el Alzheimer) no para de establecer nuevas conexiones y reestructurarse hacia una mayor complejidad.

Sin embargo los adultos ya cuarentones acusan un interés decreciente por adquirir nuevos conocimientos, y el proceso se acentúa gravemente en décadas posteriores. ¿Cómo es posible?

Probablemente se deba a nuestra misma capacidad de aprendizaje.

Sí, paradójicamente la capacidad de aprender puede llevar a detener el impulso genético hacia lo nuevo. Los seres humanos somos así: capaces de dominar nuestros instintos básicos hasta que parezcan que nunca han existido. Podemos hacer voto de castidad, podemos reducir la compañía humana convirtiéndonos en ermitaños, podemos suicidarnos y tambien, ¡como no!, podemos dejar de aprender.

 

Para dejar de aprender hay que aprender a hacerlo. Y la sociedad nos lo enseña proveyendo tanto las herramientas como los objetivos. Las herramientas son los medios de comunicación y entretenimiento (la omnipresente televisión en España, por ejemplo) y los objetivos son la búsqueda del placer inmediato y de bajo costo. El resultado es la conversión de un ser humano en "homo domesticus", en un ser que en sus últimas décadas ha decidido que es mejor recorrer lo conocido, como un mono en su jaula, que aventurarse por parajes ignotos.

 

Obviamente las lineas anteriores no van dirigidas a esta parte de la especie que renuncia a sus posibilidades.

Uno puede aprender, y puede porque tenemos el patrimonio biológico que lo permite. Sin embargo hay que desaprender, a partir de cierta edad, para poder seguir aprendiendo a un ritmo más rápido e intenso. No se trata de negar lo que ya tenemos (conocimientos, métodos y lógica) pero sí de resituarlos en un contexto de libertad que es posible. Una libertad que incluye la pérdida de interés por objetivos inmediatos y por éxitos "de salón" para desarrollar pretensiones más perversas: el placer de conocer y la capacidad de automodificarnos como consecuencia de ese conocimiento hecho carne.

Carlos Salinas, Barcelona